No
se podía ver nada, solo había oscuridad que no dejaba pasar ni el
más mínimo rayo de luz. Después de un rato la claridad empezaba a
venir y se podía empezar a distinguir alguna que otra forma. Al
final se podía contemplar todo lo que había alrededor. Era una
amplia habitación azul cielo, vacía con las únicas excepciones de
la lámpara de araña que colgaba del techo, una puerta y una especie
de sofá de color negro. Sentado en él se hallaba un muchacho de
ropajes oscuros que eran del siglo XVIII. Su pelo era de color
castaño, como el color de sus ojos. Su mirada estaba perdida,
observa a la pared centrada en sus pensamientos. Tenía una postura
relajada, esperando a que sucediera algo.
Doblaron
las campanas, las doce marcaba ese tañido. El sonido provenía de la
iglesia que se encontraba a unos metros de este misterioso lugar,
donde reinaba el más absoluto silencio. De repente la puerta se
abrió, pasando así una multitud de personas desconocidas por el
muchacho. Su décimo octavo cumpleaños había dado comienzo. El
silencio fue roto dando paso al bullicio, lo más curioso de esto es
que él seguía observando como un simple espectador, sin mediar
palabra alguna. Daba la impresión de que ninguno de los presentes
lo conociera, mejor dicho, es como si fuera un fantasma.
Minutos
después la gente se fue de la habitación azul y nuestro
protagonista se quedó solo de nuevo, o eso parecía porque una
muchacha se acercó a él. Recordaba, por sus vestimentas, a la
princesa del típico cuento que se lee cuando eres pequeño. Con un
hermoso vestido azul, una larga melena de color rojo fuego y unos
preciosos ojos de color esmeralda. El muchacho se levantó, se
arrodillo, le cogió de la mano y la beso con un gesto de cortesía.
Ella le sonrió y con su armoniosa voz le felicito por su cumpleaños.
Entonces él se presentó diciendo el nombre de Jack y ella para
seguir la convención social se presentó como Amelia. Después de
nombrarse los dos tomaron asiento y entablaron una conversación.
Las
campanas sonaron de nuevo señalando que la una de la noche había
llegado. Jack se levantó de su asiento y le ofreció la mano a la
joven para ayudarla a alzarse. Cuando los dos estuvieron de pie, el
joven le ofreció a Amelia dar una vuelta por las cercanías. Ella
acepto de buen grado. Los dos se dirigieron a la puerta y al salir,
esta se cerró sola. Estaban en frente de una gran arboleda, lo más
probable es que se hallaban en un bosque. Los rayos lunares se
filtraban a través de las ramas, dando una suficiente visibilidad
para poder ver por dónde vas. Se oía como la tenue brisa movía
suavemente las hojas de algunos de sauces y muchos de sus pinos.
. Lo peor de este
asunto es que Jack no se acordaba de que hubiera un bosque adyacente
a la misteriosa habitación.
Los
dos jóvenes se adentraron en el bosque, muy juntos para no perderse.
Se dirigían sin rumbo alguno. Por el trayecto se encontraron con
diversos animales autóctonos del lugar. Anduvieron unos cuantos
minutos cuando hallaron un claro en este infinito bosque que no se
acababa. Amelia le propuso al joven bailar en dicho claro, donde
parecía que la vegetación al llegar se extinguía. Jack le pregunto
sorprendido como podrían bailar en un lugar así sin música alguna
y la muchacha respondió que no hacía falta música para bailar. Al
ver que le hacía ilusión, acabo cediendo a su descabellada
proposición.
Se
pusieron en el centro del claro y los dos se pusieron en posición
para comenzar el baile. Al ritmo de una música que no sonaba,
bailaron lentamente. Al cabo de unos segundos ella le rodeo el cuello
pegándose más a él.
Pasado
el rato, pararon la danza para volver por sus pasos. Jack se adelantó
a Amelia y cuando se iba dar la vuelta para indicarle que debían ser
raudos porque ya era muy tarde, ella le atravesó el pecho con una
daga del mismo color del vestido de la muchacha. Un intenso dolor
recorrió todo el cuerpo de nuestro protagonista. Cayo redondo al
suelo mientras Amelia se reía a carcajadas. Su respiración se hacía
menos eficaz, le había acertado en el pulmón. Un charco de sangre
se empezó a formar alrededor del moribundo. Las imágenes se le
distorsionaban, su fin estaba cerca. Las lágrimas empezaron a
recorrer sus mejillas por la gran tristeza que ahora sentía.
Maldecía haber encontrado a la "princesa" de vestido azul y
a la vez, rondaba por su cabeza el pensamiento de como Amelia podía
haber perdido el juicio como para apagar su vida. La joven se acercó
a Jack y saco la daga, ese será el último recuerdo que se le quedo
grabado.
La
oscuridad más absoluta es lo que se presentaba. Al abrir lentamente
los ojos la luz entro por ellos deslumbrando al pobre Jack. Estaba
tendido en la intemperie manchado de sangre y sus ropas rotas y
arañadas. Cuando se acostumbró a la luz, vio al cielo rojo de un
mundo del que estaba sumido en el caos. Había salido de su estado
onírico para enfrentarse a la más impactante de las realidades….
No hay comentarios:
Publicar un comentario