jueves, 11 de junio de 2015

Una ilógica verdad

No se podía ver nada, solo había oscuridad que no dejaba pasar ni el más mínimo rayo de luz. Después de un rato la claridad empezaba a venir y se podía empezar a distinguir alguna que otra forma. Al final se podía contemplar todo lo que había alrededor. Era una amplia habitación azul cielo, vacía con las únicas excepciones de la lámpara de araña que colgaba del techo, una puerta y una especie de sofá de color negro. Sentado en él se hallaba un muchacho de ropajes oscuros que eran del siglo XVIII. Su pelo era de color castaño, como el color de sus ojos. Su mirada estaba perdida, observa a la pared centrada en sus pensamientos. Tenía una postura relajada, esperando a que sucediera algo.
Doblaron las campanas, las doce marcaba ese tañido. El sonido provenía de la iglesia que se encontraba a unos metros de este misterioso lugar, donde reinaba el más absoluto silencio. De repente la puerta se abrió, pasando así una multitud de personas desconocidas por el muchacho. Su décimo octavo cumpleaños había dado comienzo. El silencio fue roto dando paso al bullicio, lo más curioso de esto es que él seguía observando como un simple espectador, sin mediar palabra alguna. Daba la impresión de que ninguno de los presentes lo conociera, mejor dicho, es como si fuera un fantasma.
Minutos después la gente se fue de la habitación azul y nuestro protagonista se quedó solo de nuevo, o eso parecía porque una muchacha se acercó a él. Recordaba, por sus vestimentas, a la princesa del típico cuento que se lee cuando eres pequeño. Con un hermoso vestido azul, una larga melena de color rojo fuego y unos preciosos ojos de color esmeralda. El muchacho se levantó, se arrodillo, le cogió de la mano y la beso con un gesto de cortesía. Ella le sonrió y con su armoniosa voz le felicito por su cumpleaños. Entonces él se presentó diciendo el nombre de Jack y ella para seguir la convención social se presentó como Amelia. Después de nombrarse los dos tomaron asiento y entablaron una conversación.
Las campanas sonaron de nuevo señalando que la una de la noche había llegado. Jack se levantó de su asiento y le ofreció la mano a la joven para ayudarla a alzarse. Cuando los dos estuvieron de pie, el joven le ofreció a Amelia dar una vuelta por las cercanías. Ella acepto de buen grado. Los dos se dirigieron a la puerta y al salir, esta se cerró sola. Estaban en frente de una gran arboleda, lo más probable es que se hallaban en un bosque. Los rayos lunares se filtraban a través de las ramas, dando una suficiente visibilidad para poder ver por dónde vas. Se oía como la tenue brisa movía suavemente las hojas de algunos de sauces y muchos de sus pinos. . Lo peor de este asunto es que Jack no se acordaba de que hubiera un bosque adyacente a la misteriosa habitación.
Los dos jóvenes se adentraron en el bosque, muy juntos para no perderse. Se dirigían sin rumbo alguno. Por el trayecto se encontraron con diversos animales autóctonos del lugar. Anduvieron unos cuantos minutos cuando hallaron un claro en este infinito bosque que no se acababa. Amelia le propuso al joven bailar en dicho claro, donde parecía que la vegetación al llegar se extinguía. Jack le pregunto sorprendido como podrían bailar en un lugar así sin música alguna y la muchacha respondió que no hacía falta música para bailar. Al ver que le hacía ilusión, acabo cediendo a su descabellada proposición.
Se pusieron en el centro del claro y los dos se pusieron en posición para comenzar el baile. Al ritmo de una música que no sonaba, bailaron lentamente. Al cabo de unos segundos ella le rodeo el cuello pegándose más a él.
Pasado el rato, pararon la danza para volver por sus pasos. Jack se adelantó a Amelia y cuando se iba dar la vuelta para indicarle que debían ser raudos porque ya era muy tarde, ella le atravesó el pecho con una daga del mismo color del vestido de la muchacha. Un intenso dolor recorrió todo el cuerpo de nuestro protagonista. Cayo redondo al suelo mientras Amelia se reía a carcajadas. Su respiración se hacía menos eficaz, le había acertado en el pulmón. Un charco de sangre se empezó a formar alrededor del moribundo. Las imágenes se le distorsionaban, su fin estaba cerca. Las lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas por la gran tristeza que ahora sentía. Maldecía haber encontrado a la "princesa" de vestido azul y a la vez, rondaba por su cabeza el pensamiento de como Amelia podía haber perdido el juicio como para apagar su vida. La joven se acercó a Jack y saco la daga, ese será el último recuerdo que se le quedo grabado.
La oscuridad más absoluta es lo que se presentaba. Al abrir lentamente los ojos la luz entro por ellos deslumbrando al pobre Jack. Estaba tendido en la intemperie manchado de sangre y sus ropas rotas y arañadas. Cuando se acostumbró a la luz, vio al cielo rojo de un mundo del que estaba sumido en el caos. Había salido de su estado onírico para enfrentarse a la más impactante de las realidades….

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